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Ignacio
Invitado

El hombre que nunca llegó a joven, de Fritz Leiber - Reposiciones veraniegas

EL HOMBRE QUE NUNCA LLEGABA A JOVEN

Fritz Leiber

Maot se está impacientando· Muchas veces‚ al caer de la tarde‚ se
encamina lentamente a donde la tierra negra se encuentra con la arena
amarilla y allí se queda‚ avizorando el desierto‚ hasta que empiezan a
soplar los vientos·

Yo en cambio me siento de espaldas a la mampara de cañas y contemplo
el Nilo·

No es únicamente porque está llegando a joven· También empieza a
hastiarse de los campos· Deja a mi cuidado las tareas de labranza y
prodiga su atención al rebaño· Cada día lleva las cabras y las
ovejas más lejos a pastorear·

Yo he estado viendo los síntomas durante mucho tiempo· En el
transcurso de las últimas generaciones los campos cultivados se han
vuelto cada vez más escasos y se los riega con menos diligencia· Se
diría que llueve más a menudo· Las casas se han tornado más simples‚
meras tiendas cercadas por muros· Y cada año hay alguna familia que
recoge sus rebaños y emprende la lenta marcha hacia el oeste·

¿Por qué aferrarme tan tenazmente a estas pobres reliquias de
civilización‚ yo que he visto a los hombres del rey Keops desarmar
piedra por piedra la Gran Pirámide y transportarla de nuevo a las
montañas?

Me he preguntado a menudo por qué yo nunca llego a joven· Ese hecho es
todavía para mí un misterio tan grande como el de los labriegos de
tez morena que se arrodillan con temerosa veneración cuando paso a su
lado·

Envidio a los que llegan a jóvenes· Sueño con desprenderme de esta
cáscara de sensatez y responsabilidad‚ con zambullirme en un período
de amores borrascosos y pasiones intensas‚ los años felices que
preceden al fin·

Pero sigo siendo un hombre barbado de unos treinta años‚ y visto hoy
la piel de cabra como otrora vestí el jubón o la toga‚ siempre a
punto de dar el gran salto‚ pero sin llegar jamás a darlo·

Tengo la impresión de que siempre fui así· Ni siquiera puedo recordar
mi propio desentierro‚ y eso es algo que todo el mundo recuerda·

Maot es sutil· No pide lo que quiere‚ pero al anochecer‚ cuando regresa
a casa‚ se sienta lejos del fuego y murmura incitantes fragmentos de
canciones y se frota los párpados con pigmento verde para hacerse
deseable a mis ojos‚ y trata por todos los medios de contagiarme su
desasosiego· Me tienta a interrumpir el trabajo abrasador del mediodía
y me hace ver lo robustas que se están poniendo nuestras cabras y
ovejas·

Ya no quedan más hombres jóvenes entre nosotros· Cuando llegan a
jóvenes‚ o acaso antes‚ todos toman el camino del desierto· Incluso
patriarcas desdentados‚ macilentos‚ se levantan de sus sepulcros y sin
detenerse casi a reponer sus fuerzas con las vituallas y los brebajes
excavados con ellos‚ juntan sus manadas y sus esposas y parten‚
cojeando‚ rumbo al poniente·

Recuerdo el primer desentierro que presencié· Era en un país de
maquinarias y humo e incesantes noticias· Pero lo que voy a relatar
ocurrió en un remanso donde había aún granjas pequeñas y caminos
estrechos y formas de vida simples·

Había dos viejecitas llamadas Flora y Helena· Seguramente ellas mismas
habían sido desenterradas hacía unos pocos años‚ pero eso no lo
recuerdo· Creo que yo era algo así como un sobrino‚ pero no estoy
seguro·

Empezaron a visitar a una vieja tumba en el cementerio‚ a un kilómetro
del pueblo· Recuerdo los ramilletes de flores que traían cuando
regresaban· Sus rostros severos‚ plácidos‚ habían empezado a
agitarse· Yo veía que el dolor iba entrando en sus vidas·

Pasaron los años· Sus visitas al cementerio se hicieron más
frecuentes· Una vez‚ al acompañarlas‚ advertí que la borrosa
inscripción de la lápida se iba tomando más nítida y clara‚ al
igual que las facciones de los rostros de las dos ancianas· «John‚
amante esposo de Flora…»

A menudo Flora sollozaba hasta la medianoche‚ y Helena iba y venía por
la casa con el semblante atribulado· Llegaban los parientes y les
decían palabras de consuelo‚ pero con eso sólo parecían ahondarles
el dolor·

Por último la lápida llegó a ser totalmente nueva‚ y el césped que
la cubría se puso verde y tierno y desapareció en la húmeda tierra
pardusca· Como si estas fueran las señales que sus oscuros instintos
habían estado aguardando‚ Flora y Helena dominaron su pena y visitaron
al pastor y al encargado de la funeraria y al médico‚ e hicieron
ciertos arreglos·

En un frío día de otoño‚ cuando las rizadas hojas castañas
remolineaban entre los árboles‚ partió el cortejo: el vacío coche
fúnebre‚ los silenciosos automóviles negros· En el cementerio vimos a
un par de hombre provistos de palas que se alejaban discretamente de la
tumba recién abierta· Entonces‚ mientras Flora y Helena lloraban
desconsoladamente y el pastor pronunciaba palabras solemnes‚ una caja
larga y estrecha fue retirada de la tumba y transportada a la carroza·

En la casa desatornillaron y levantaron la tapa del féretro‚ y vimos a
John‚ un anciano ceroso con una larga vida por delante·

Al día siguiente‚ en obediencia a lo que al parecer era un antiguo
ritual‚ lo sacaron del ataúd‚ y el hombre de la funeraria le extrajo
de las venas un líquido acre y le inyectó la sangre roja· Luego lo
llevaron y lo acostaron en una cama· Al cabo de algunas horas de
petrificada espera‚ la sangre empezó a actuar· El hombre se agitó‚ y
el primer hálito de vida le resonó ásperamente en la garganta· Flora
se sentó en la cama y lo estrechó contra su pecho en un tímido
abrazo·

Pero estaba muy enfermo y necesitado de reposo‚ y el médico le indicó
por señas a Flora que saliera de la alcoba· Recuerdo la expresión de
su rostro en el momento de cerrar la puerta·

También yo hubiera debido sentirme feliz‚ pero me parece recordar que
tuve la sensación de que había un no sé qué de malsano en todo el
episodio· Tal vez nuestras primeras experiencias de las grandes crisis
de la vida nos afecten siempre en esa forma·

Estoy enamorado de Maot· Los centenares de mujeres que antes he amado
en mi largo errar por el mundo no desmedran la sinceridad de mi afecto·
Yo no entré en su vida‚ ni en la de las otras‚ como lo hacen
normalmente los amantes: desde la tumba o en la pasión de una terrible
querella· Yo siempre voy a la deriva·

Maot sabe que en mí hay algo extraño· Pero no deja que eso interfiera
en sus esfuerzos por hacerme hacer lo que ella quiere·

Amo a Maot y sé que en última instancia accederé a su deseo· Pero
antes quiero seguir un tiempo más a la orilla del Nilo y de la
magnífica pompa que su pasar conjura·

Mis primeros recuerdos son siempre los más difíciles‚ y lucho con
todas mis fuerzas por interpretarlos· Tengo la sensación de que si
pudiera retroceder un paso más en la memoria llegaría a poseer una
sabiduría aterradora· Pero‚ al parecer‚ nunca puedo hacer el esfuerzo
necesario·

Esos recuerdos comienzan sin nada que los preceda‚ en nubes y
torbellinos‚ en oscuridad y miedo· Soy ciudadano de una grande y lejana
nación‚ no uso barba y visto ropas feas y incómodas‚ pero por mi
aspecto y mi edad no soy distinto del que soy ahora· El país es cien
veces más grande que Egipto‚ y sin embargo es sólo uno de tantos·
Todos los pueblos del mundo se conocen entre sí‚ y el mundo es
redondo‚ no plano‚ y flota en una inmensidad sin límites‚ jalonada por
archipiélagos de soles‚ no circunscripta por una bóveda tachonada de
estrellas·

Hay máquinas en todas partes‚ y las noticias dan la vuelta al mundo
como un grito‚ y los deseos son muchos· Existe una abundancia jamás
soñada‚ oportunidades sin par· Y sin embargo los hombres no son
felices· Viven con miedo· Miedo‚ si la memoria no me engaña‚ de una
guerra que nos envolverá y acaso destruirá a todos y que se cierne
sobre nosotros como una amenaza de oscuridad·

Las armas que tienen preparadas para esa guerra son terribles· Grandes
máquinas que navegan sin timonel‚ no a través del agua sino del aire‚
dando la vuelta al mundo para ir a destruir una ciudad enemiga· Otras
que surcan el cielo como dardos hasta más allá del aire‚ para venir a
atacarnos desde las estrellas· Nubes envenenadas· Partículas letales
de polvo luminoso·

Pero las peores de todas son las armas que sólo se rumorean·

Durante meses que parecen eternidades esperamos el estallido de esa
guerra· Sabemos que los errores ya fueron cometidos‚ que se han dado
los pasos irrevocables‚ que se han perdido las últimas oportunidades·
Sólo esperamos el momento·

Se diría que debiera existir alguna razón especial para que hayamos
llegado a tales extremos de horror y desesperanza· Como si hubiera
habido otras guerras mundiales anteriores y hubiésemos luchado
desesperadamente por salir de ellas prometiéndonos que esa sería la
última Pero de esas guerras nada recuerdo· Y bien pudiera ser que el
mundo y yo hayamos sido creados a la sombra de esa catástrofe‚ en un
desentierro universal·

Lentos pasan los meses· De pronto‚ misteriosamente‚ increíblemente‚ la
guerra empieza a replegarse· Las tensiones se alivian· Las nubes se
disipan· Hay gran actividad‚ conferencias y planes· Se multiplican las
esperanzas de una paz duradera·

Pero no dura· En súbito holocausto‚ surge un opresor llamado Hitler·
Curioso que este nombre me vuelva a la memoria después de tantos
milenios· Sus ejércitos se despliegan por todo el globo·

Pero sus triunfos son efímeros· Sus soldados son rechazados y Hitler
cae en el olvido· Al final‚ es un oscuro agitador‚ casi un desconocido·

Otra paz‚ entonces‚ pero tampoco duradera· Una nueva guerra‚ menos
cruenta que la anterior‚ que también trae consigo un período más
apacible·

Y así sucesivamente·

Algunas veces pienso (debo aferrarme a esto) que en otras eras el
tiempo ha de haber fluido en el sentido opuesto y que‚ en violenta
reacción a la postrer guerra total‚ ha de haber vuelto sobre sus pasos
para desandar su primitivo curso· Que nuestras vidas presentes no son
más que un retorno y un retroceso· Una gran retirada·

En ese caso es posible aún que el tiempo vuelva a invertir su curso·
Quizá tengamos otra posibilidad de escalar la valla·

Pero no…

El pensamiento se ha desvanecido en las ondas del Nilo·

Otra familia se marcha del valle en este día· Toda la mañana han
estado escalando penosamente la garganta de arena· Y ahora‚ al volver
las cabezas para contemplar acaso por última vez el borde de los
amarillos acantilados‚ se perfilan contra el cielo de la mañana: motas
verticales los hombres‚ motas horizontales las bestias·

Junto a mí‚ Maot los sigue con la mirada· Pero no hace ningún
comentario· Está segura de mí·

El acantilado queda otra vez desierto· Pronto habrán olvidado al Nilo
con sus turbadores fantasmas de recuerdos·

Nuestra vida entera es un olvidar y un retornar· Del mismo modo que las
madres absorben a los niños‚ así los grandes pensamientos son
absorbidos por las mentes geniales· Al principio están en todas
partes· Nos rodean como el aire· Luego hay una merma· Ya no todos los
hombres los conocen· Y surge entonces un gran hombre y los toma para
sí‚ y se convierten en un secreto· Sólo subsiste la inquietante
convicción de que algo maravilloso se ha desvanecido·

He visto a Shakespeare desescribir las grandes tragedias· He visto a
Sócrates despensar los profundos pensamientos· He oído a Jesús
desdecir las divinas palabras·

Hay una inscripción en la piedra‚ y parece eterna· Al volver‚ siglos
después‚ la encuentro igual‚ apenas un poco menos borrosa‚ y pienso
que ella‚ el menos‚ puede durar· Pero un día llega un escriba y
laboriosamente rellena los surcos hasta que queda tan solo la piedra
lisa·

Entonces solo él sabe lo que allí estaba escrito· Y cuando llega a
joven‚ ese conocimiento se extingue para siempre·

Lo mismo ocurre con todo cuanto hacemos· Nuestras casas se vuelven
nuevas y las desmantelamos‚ y arrumbamos los materiales en minas y
canteras‚ bosques y campos· Nuestras ropas se vuelven nuevas y las
abandonamos· Y nosotros mismos nos volvemos nuevos y olvidamos y
buscamos ciegamente una madre·

Ahora todos se han marchado· Solo Maot y yo nos demoramos·

No pensé que ocurriría tan pronto· Ahora que estamos acercándonos al
fin‚ la naturaleza parece apresurarse·

Supongo que aquí y allá‚ a lo largo del Nilo‚ ha de haber otros
rezagados‚ pero a mí me gusta pensar que nosotros somos los últimos‚
los últimos que veremos desaparecer los sembrados‚ los últimos que
miraremos el río sabiendo algo de lo que antaño simbolizó‚ antes de
hundirse en el eterno olvido·

Nuestro mundo es el del triunfo de las causas perdidas· Después de esa
segunda guerra de que hablé hubo en mi país natal‚ del otro lado del
mar‚ un largo período de paz· Había en ese entonces entre nosotros un
pueblo primitivo al que llamábamos indios‚ un pueblo desdeñado y
dominado‚ obligado por nosotros a vivir aislado‚ en áreas miserables·
No nos causaban ninguna preocupación· Si alguien nos hubiera dicho que
tenían poder para dañarnos‚ nos habríamos reído·

Pero repentinamente surgió entre ellos una chispa de rebelión·
Formaron bandas‚ se procuraron arcos y armas inferiores y vinieron a
nosotros en pie de guerra·

Nosotros los enfrentamos en pequeñas batallas que jamás eran del todo
decisivas· Ellos persistían‚ volvían siempre a la lucha‚ tendían
emboscadas a nuestros hombres y nuestras carretas‚ nos hostigaban sin
cesar y finalmente sus incursiones se volvieron respetables·

Sin embargo‚ los considerábamos tan insignificantes que hasta
encontramos tiempo para librar entre nosotros una guerra civil·

El desenlace de esa guerra fue triste· Una porción de la población de
piel oscura fue esclavizada y obligada a trabajar para nosotros en las
casas y los campos·

Las fuerzas de los indios crecieron de una manera formidable· Poco a
poco nos expulsaron de los anchos ríos y llanuras del oeste medio‚
obligándonos a atravesar las boscosas montañas hacia el este·

En la costa oriental los resistimos durante algún tiempo‚
principalmente por habernos aliado con una nación isleña
transoceánica‚ a la que cedimos nuestra independencia·

Hubo un hecho alentador· Los negros esclavizados fueron reunidos y
amontonados en navíos y traídos a las playas australes de este
continente‚ y aquí fueron liberados o puestos en manos de tribus
guerreras que finalmente les concedieron libertad·

Pero la presión de los indios‚ esporádicamente ayudados por aliados
extranjeros‚ fue en aumento· Ciudad por ciudad‚ pueblo por pueblo‚
caserío por caserío‚ levantamos nuestras viviendas y también
nosotros nos embarcamos para surcar el mar· Hacia el final los indios
se tornaron extrañamente pacíficos‚ y los últimos cargamentos de
hombres parecían huir no tanto por miedo físico sino por el terror
sobrenatural que inspiraban las verdes florestas silenciosas que
habían engullido sus hogares·

En el sur los aztecas empuñaron sus cuchillos de vidrio y sus espadas
con filo de pedernal y echaron a los… creo que se llamaban
españoles·

Un siglo más y todo el continente occidental cayó en el olvido‚ salvo
algunas vagas‚ obsesivas remembranzas·

La tiranía y la ignorancia crecientes‚ una incesante contracción de
las fronteras‚ rebeliones de los oprimidos‚ que a su vez se convertían
en opresores: estos hechos constituyeron la siguiente era de la
historia·

Una vez pensé que la marea había cambiado de rumbo· Surgió un pueblo
pujante y disciplinado‚ el pueblo romano‚ y sometió bajo su férula a
la mayor parte del mundo debilitado·

Pero esa estabilidad resultó transitoria· Una vez más los gobernados
se levantaron contra los gobernantes· Los romanos fueron expulsados: de
Inglaterra‚ de Egipto‚ de la Galia‚ de Asia‚ de Grecia· De los campos
yermos surgió Cartago para disputarle y arrebatarle a Roma su
hegemonía· Los romanos buscaron refugio en Roma‚ su importancia
menguó‚ se perdieron en un laberinto de migraciones·

Sus ideas revitalizantes resplandecieron durante un siglo glorioso en
Atenas‚ luego cesaron de gravitar·

Después de eso‚ la declinación continuó a un ritmo uniforme· Ya
nunca más me dejé engañar con el pensamiento de que el curso de las
cosas había cambiado·

Excepto esta última vez·

Porque era pétreo y seco‚ porque el sol lo bañaba a raudales‚ porque
estaba lleno de templos y sepulcros‚ porque era afecto a las
tradiciones y a la calma‚ pensé que Egipto podría perdurar· El casi
inmutable correr de los siglos alentó en mí esa creencia· Pensaba que
si no habíamos llegado al momento crucial habíamos al menos llegado
al reposo·

Pero han comenzado las lluvias‚ los templos y sepulcros llenan los
peñascos de los acantilados‚ y la tradición y la calma han dado paso
a los impacientes afanes del nómade·

Si hay un momento crucial‚ no llegará hasta que el hombre sea uno con
las bestias·

Y Egipto deberá desaparecer como todo lo demás·

Mañana Maot y yo emprenderemos la marcha· Ya hemos reunido nuestros
animales y enrollado nuestra tienda·

Maot arde de juventud· Está muy cariñosa·

Será extraño andar por el desierto· Pronto‚ demasiado pronto‚ nos
daremos nuestro último y más dulce beso‚ y ella parloteará conmigo
como una niña y yo velaré por ella hasta que encontremos a su madre·

O quizá un día la abandonaré en el desierto‚ y su madre la
encontrará·

Y yo‚ yo seguiré eternamente·





FIN



Edición digital de Sadrac

 

 Hoy 17:37:40

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